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El episodio denunciado durante el encuentro entre los seleccionados M17 de Tucumán y Buenos Aires, por el Campeonato Argentino Juvenil, vuelve a poner sobre la mesa una discusión que el rugby no puede seguir postergando: la responsabilidad de los clubes, la capacitación de sus entrenadores y el comportamiento de quienes acompañan a los jóvenes desde las tribunas.
La Unión de Rugby de Tucumán (URT) repudió los presuntos insultos discriminatorios dirigidos a los jugadores tucumanos durante el partido disputado en el Buenos Aires Cricket & Rugby Club. Según las denuncias difundidas por la prensa, algunos integrantes del público habrían utilizado expresiones ofensivas relacionadas con la procedencia norteña de los adolescentes, entre ellas el término «indocumentados».
El presidente de la URT, Javier Budeguer, calificó lo sucedido como un episodio de racismo y reclamó disculpas para los jugadores y para el norte argentino. También destacó que, dentro del campo de juego, ambos equipos mantuvieron una relación cordial y compartieron el tradicional tercer tiempo.
Sin embargo, el material audiovisual difundido agrega un elemento que merece atención. En la grabación se escucha una advertencia atribuida a una mujer del público: «No están filmando… che, ojo lo que dicen, avisa». La frase, cuyo contexto completo debe evaluarse a partir del registro original, plantea una pregunta incómoda: ¿qué se dice cuando se cree que nadie está registrando lo que ocurre?
La tribuna también educa, para bien o para mal
El rugby suele reivindicar valores como el respeto, la disciplina, la solidaridad y el compañerismo. Pero esos principios pierden credibilidad cuando las tribunas se convierten en espacios de humillación, discriminación o descalificación por el origen de un jugador.
Un adolescente que representa a su provincia no debería tener que defenderse de insultos relacionados con el lugar donde nació. Su camiseta merece el mismo respeto que cualquier otra, independientemente de la región, la condición social o la historia de su familia.
Y la responsabilidad no termina en quien pronuncia el agravio. También importa la reacción de quienes lo escuchan: si lo celebran, lo justifican, guardan silencio o intervienen para frenarlo. La conducta colectiva puede normalizar una falta de respeto o establecer un límite claro.
Entrenadores y clubes: ¿qué conductas estamos tolerando?
La discusión alcanza también a la formación de los entrenadores y a la cultura institucional de algunos clubes. La capacitación técnica es indispensable, pero no alcanza por sí sola. Formar jugadores requiere herramientas pedagógicas, capacidad para gestionar grupos, educación emocional y criterios claros para intervenir frente a la violencia verbal, el hostigamiento y la discriminación.
Un entrenador no solamente enseña a pasar, tacklear, organizar una defensa o disputar una formación. También transmite, con sus palabras y sus actos, una manera de relacionarse con los demás.
Cuando un adulto descalifica a un rival, ridiculiza a un árbitro o permite que sus dirigidos humillen a otro jugador, está enseñando algo, aunque sus discursos institucionales digan lo contrario.
Lo mismo sucede cuando dentro de un plantel se consolidan grupos cerrados que se consideran superiores, se arrogan privilegios o establecen quién merece respeto y quién puede ser objeto de burlas. Si esas conductas se toleran, el problema deja de ser exclusivamente individual: pasa a involucrar al entorno que las permite.
La pregunta es inevitable: ¿cuánto de lo que ocurre en las tribunas refleja comportamientos que también se observan, se toleran o se reproducen dentro de los propios clubes?
No corresponde generalizar ni señalar a todas las instituciones. Hay entrenadores, dirigentes, familias y jugadores que trabajan diariamente con enorme compromiso. Precisamente por eso, quienes defienden los valores del rugby deben ser los primeros en exigir coherencia y actuar cuando esos valores son vulnerados.
La permeabilidad institucional también es un problema
Los clubes son espacios de formación deportiva y social. No pueden limitarse a organizar entrenamientos, disputar campeonatos y obtener resultados. También deben establecer normas de convivencia, capacitar a sus responsables y actuar frente a las faltas de respeto, incluso cuando provienen de personas influyentes o de grupos con peso dentro de la institución.
La permeabilidad aparece cuando se relativizan determinadas conductas porque quien las protagoniza es un jugador destacado, un entrenador con trayectoria, un familiar cercano a la dirigencia o alguien que pertenece a un grupo considerado intocable.
En ese contexto, las normas dejan de aplicarse por igual. Algunos reciben protección y otros quedan expuestos. Se instala una cultura de privilegios que contradice la idea de equipo y debilita la autoridad educativa del club.
La respuesta no puede consistir únicamente en emitir comunicados de repudio después de que un episodio alcanza repercusión pública. Se necesitan protocolos claros, formación permanente, mecanismos de denuncia y respuestas proporcionales, sin encubrimientos ni condenas precipitadas.
El rugby que decimos defender
El caso de los juveniles tucumanos debe servir para algo más que alimentar una polémica entre regiones. Debe abrir una revisión seria sobre cómo se comportan los adultos, cómo se forman los entrenadores y qué hacen los clubes cuando el respeto deja de ser una consigna y se convierte en una obligación concreta.
El tercer tiempo, la camaradería y el respeto al adversario no pueden quedar reducidos a una tradición repetida de memoria. Deben expresarse también cuando el resultado no acompaña, cuando el rival viene de otra provincia y cuando alguien cree que sus palabras no tendrán consecuencias.
El rugby no necesita solamente mejores jugadores. Necesita adultos capaces de formar personas, clubes dispuestos a corregir sus propias fallas y dirigentes que apliquen los mismos principios para todos.
Porque el verdadero problema no es que una cámara registre una conducta impropia. El problema es que esa conducta pueda producirse, ser tolerada y repetirse.
Y cuando los protagonistas son menores de edad, la responsabilidad es todavía mayor: el deporte tiene que ser un lugar de aprendizaje, pertenencia y respeto, nunca un espacio donde la discriminación encuentre permiso para crecer.
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